Maletas contra prejuicios: cuando el racista emigra

En una crisis que dispara tanto la xenofobia como el exilio forzoso, ¿qué pasa cuando ambas cosas chocan? ¿Y si alguien que odiara a los inmigrantes se viera forzado a convertirse en uno?



El miedo al diferente es más longevo que cualquiera de los que pisamos esta Tierra llena de fronteras. El racismo nació cuando alguien vio las ventajas de criminalizar a una víctima, de arrojar la culpabilidad lejos del culpable, de darle la vuelta a la balanza. En todas las épocas de la Historia los líderes han usado el discurso xenófobo para mantener a la población confusa e incapaz de enfrentarse a los de arriba sino sólo entre ella misma. Así sucede hoy, en una Europa asolada por la crisis económica, la mal llamada austeridad y las ganas de apuntar a culpables. Las crisis –esos monstruos que ya despertaron el fascismo y el nacionalsocialismo- nos vuelven más intolerantes, como advierten, preocupadas, asociaciones como SOS Racismo (en España, según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE), un 39% de los españoles cree que la inmigración es “excesiva” y un 66% opina que nunca debería contratarse a alguien de fuera antes que a un español para cualquier trabajo).
Pero esa herramienta para la dispersión no es exclusiva de nuestros los líderes (es decir, de UKIP, Le Paine, Amanecer Dorado o el Gobierno del mismo partido que incluyó las palabras “no queremos rumanos” en sus panfletos y que, de manera encubierta, está endureciendo en España las políticas migratorias y arrebatando a los extranjeros la tarjeta sanitaria). A veces, más sorprendentemente, ese discurso del odio cala tanto que es el propio ciudadano el que lo interioriza y lo enarbola. La ideología de los movimientos autodenominados neonazis o de extrema derecha es, en su mayor medida, de rechazo al ciudadano que venga de fuera, y mezcla razonamientos prácticos (el rechazo a repartir los pocos empleos con los nuevos y numerosos visitantes) con otros de auténtico desdén a la existencia de culturas diferentes. A sus brazos va a refugiarse un número cada vez mayor de frustrados con el sistema. Se trata de grupos como España2000, Juventud Nacional o la ONG Españoles en Acción, propagandistas y activistas de tareas tales como promover comedores benéficos “sólo para españoles” o campañas contra la construcción de mezquitas.

<<Para mí [los inmigrantes] eran algo inferior, una escoria, una mierda. Pensaba que tenían la culpa de todos los problemas de mi país>>

En los círculos de España2000 era habitual encontrar a Silvia, joven española que había vivido gran parte de sus veinticuatro años achacando todo su odio en la vida a las personas inmigrantes. “Para mí eran algo inferior, una escoria, una mierda”, dice. Bebió de los eslóganes del miedo y del odio que inundan las webs de estos colectivos: “Lo primero, los españoles”. “El multiculturalismo es la destrucción de la diversidad”. “Te quitan las ayudas y se las dan a los inmigrantes”. “Los españoles somos extranjeros en nuestra propia casa”. “En España falta trabajo y sobra inmigración”. “Ni uno más”… Etc., etc. Ella, explica, no estaba en contra de los individuos, sino de la inmigración como fenómeno (teoría que defiende la máxima de “cada persona en su lugar”). “Me molestaba que estuvieran en mi país”, añade. “Pensaba que tenían la culpa de todas las desgracias que pasaban en España”. En un contexto insostenible en el que uno de cada cinco españoles se encuentra en paro, Silvia se atenía a unas matemáticas más fáciles que las de la realidad económica explicada sólo para expertos: que es el exceso de “inquilinos” lo que hace que haya menos empleos. Veía “rumanos que tenían trabajo mientras españoles no tenían”; que desde que había entrado toda la inmigración “España había empeorado” y que se les daban “más ayudas a ellos”, etc. Un discurso que coincide punto por punto con el estribillo xenófobo que repiten los partidos y medios derechistas.

<<No sé de dónde salía tanto odio>>, reconoce

Por supuesto, ella abrazaba todos los estereotipos existentes en lo que se refiere a nacionalidades ajenas. Entre otros, que los musulmanes siempre estaban “babeando por las tías”; que los negros “olían mal”; los rumanos, qué vergüenza, “se metían hasta cuatro en una habitación”; a los sudamericanos se les ofrecían plazas escolares que les eran denegadas a los nacionales; los chinos montaban su tienda y “ni se molestan en aprender el idioma”… Por otro lado, las inmigrantes, consideraba ella, venían con una idea clara: la de aprovecharse de los hombres para sacarles el dinero. Por supuesto, tanto odio no se quedaba dentro: Silvia había tenido peleas con extranjeras, comentarios ofensivos en voz alta a personas de otra raza en lugares públicos como el autobús, burlas hacia quienes no hablaban bien el idioma… En las redes sociales, sus proclamas contra los negros, “panchitos” o “moros”, o bien contra el supuesto “turismo sanitario”, expresadas sin filtro, generaban todo tipo de réplicas.
No sé de dónde salía tanto odio”, reconoce ahora. Lo que es evidente es que su creencia, honesta, de que los ciudadanos de otros países eran la causa de todos los males de los españoles coincide íntegra con el discurso xenófobo de la derecha, coreado por los canales de la TDT y medios como Libertad Digital. Las crisis nos vuelven más racistas, dicen. Sin embargo, y qué paradoja, esas mismas crisis a veces voltean la tortilla: muchos ciudadanos se han visto forzados a hacer las maletas y convertirse, ellos mismos, en los extranjeros. Entre ellos, la propia Silvia.

Ser inmigrante es abandonar todo lo que uno es (el idioma, el estatus, el colectivo) y quedarse con lo esencial, con la identidad. Unos 40.000 españoles, en su mayoría jóvenes, huyeron del paro desde 2008, según datos del INE. La inmigración de los menores de 35 años se disparó un 41%. Juventud Sin Futuro, uno de los colectivos (junto con Marea Granate, Oficina Precaria y otros) que no dejan de luchar por visibilizar el problema del exilio forzado por un paro que toca a la mitad de los jóvenes, estima que cada semana varios miles de ellos emigran desde España, el país antaño hospedador y que ahora, desde 2011, ha dejado de recibir inmigrantes para empezar a producirlos.

<<La idea de ser inmigrante de primeras no me molaba”, reconoce. “Estaba en contra de mis principios>>

Silvia fue otra más. Defraudada por el paro, por la política (el Partido Popular no cumple, todos son iguales, votar no vale de nada, etc.), decidió probar a hacer las maletas. “La idea de ser inmigrante de primeras no me molaba”, reconoce. “Estaba en contra de mis principios: pensaba que todo el mundo debía estar en su país. Pero decía, si en el mío están las cosas así, tendré que buscarme la vida”. Y de ese modo eligió una fecha, un plan… y un destino: Inglaterra.
Reino Unido es uno de los países preferidos para los exiliados: las islas del punk, del Sunday roast y el 6,4% de paro son también hogar de UKIP, el partido británico antiinmigración. Su líder, Nigel Farage, apoya unas duras políticas antieuropeístas y contra los inmigrantes y ha dicho en una ocasión que cualquier persona normal debería estar preocupada si un grupo de rumanos “se mudara a la casa de al lado”. El reciente ascenso de la formación ha propagado las ondas de la intolerancia a los otros grandes partidos (haciendo que tanto el Laborista como el Conservador imiten su discurso de restricción de la inmigración). Mientras, en un país donde los eslóganes “Keep Britain White” o “Paki go home” salpican los muros, grupos como el Frente Nacional difunde su mensaje partidario, nada menos, que de la repatriación de los no blancos (señalando como principales enemigos a comu nidades como la paquistaní y dando consejos para mantener el “patriotismo british” que pasan por usar sólo taxis conducidos por blancos, evitar las tiendas con comida halal, preparar tu propio curry, etc.).

En Inglaterra, el reciente ascenso de UKIP, el partido antiinmigración, ha propagado las ondas de la intolerancia a los otros grandes partidos

Silvia se encontró con el excitante universo de oportunidades que proporciona vivir en un país distinto, pero también se dio de bruces con las dificultades y frustraciones con las que todo inmigrante se ha de enfrentar. Sentía que era ella “la diferente, la rara”. Aprendió lo que era ser la hospedada y no la hospedadora. En forzosa metamorfosis, se convirtió,punto por punto, en todo lo que había repudiado; protagonizó uno a uno todos sus prejuicios. Tuvo que compartir habitación con varias personas y aceptar trabajos precarios; sufrió la impotencia que genera no entender a tus propios clientes, ser mangoneada por tu jefe, ser juzgada por tu origen. La barrera del idioma fue para ella, quien antaño criticaba a quienes no se molestaban en aprender el español, un batacazo. No poder expresarse, dice, “te hace no ser como eres”. Trabajar teniendo como jefes a paquistaníes, esa nacionalidad que ella asociaba a los humildes vendedores de fruta de su país, fue una nueva cura de humildad. Lo diferente, que tanto nos asusta, cambia visto de cerca. Al principio se veía reacia a juntarse con ellos, pero “poco a poco, no sé cómo, viéndolos todos los días, coges cariño a las personas. Ahí fue cuando empecé a cambiar”, dice.

Silvia se convirtió, punto por punto, en todo lo que había repudiado; protagonizó uno a uno todos sus prejuicios

Después de pasarlo mal realizando trabajos mal pagados e inseguros, empezó a entender: “Vi que lo que hacían ellos [los inmigrantes en España] era simplemente buscar trabajo para poder sobrevivir. Vi que tenían derecho a trabajar en un sitio para poder vivir”. Por último, sufrió la peor de las discriminaciones: un hombre la rechazó pensando que, por ser extranjera, seguramente quisiera aprovecharse de él y de su dinero. La discriminación, por desgracia, por paradoja, no discrimina.
Sin duda, conocer el rechazo es una de las mejores escuelas para el que rechaza. Scott Plous, en su libro Entendiendo el prejuicio y la discriminación, asegura que una de las armas más efectivas para vencer los prejuicios es la empatía, o, en boca de la RAE, la capacidad de identificarse con el estado de ánimo de otro sujeto. Simplemente tomando la perspectiva desde fuera del grupo y “mirando el mundo con sus ojos”, los prejuicios y estereotipos “pueden verse reducidos de forma significativa”, afirma Plous. Así, añade, “para volverse más empático hacia los objetivos del prejuicio, lo único que tienes que hacer es hacerte las preguntas ¿Cómo me sentiría en esta situación?, ¿Cómo se sienten ellos ahora mismo?, o ¿Por qué se comportan de esta manera?” Un proceso –el que va desde el prejuicio hasta la comprensión- que sin duda no es fácil de atravesar cuando no nos han enseñado cómo hacerlo, pero que puede verse facilitado mediante experiencias como la de vivir en un país extranjero, en “los zapatos” de un inmigrante. Aunque no en todos los casos sea así, a Silvia dicha experiencia le hizo aprender a adoptar una visión empática y a darse cuenta de lo equivocada que estaba antes de su “viaje”. “Un inmigrante viene a ganarse la vida”, asevera ahora. “Y suficientemente mal lo pasas estando en otro país como para que la gente te lo haga más difícil”.

Una de las armas más efectivas para vencer los prejuicios es la empatía, asegura el autor Scott Plous

Cuando se sienta a analizar el año que vivió como extranjera, como una de las miles de personas que se ven forzadas a emigrar debido a la crisis, Silvia asegura haber cambiado “como persona”. “Veo las cosas de diferente manera”, asevera. “A partir de ahora, cuando vea a alguien en España que tenga problemas con el idioma, lo voy a ayudar: me he visto en la misma situación y sé cómo se pasa”. Un día en un examen en el que tuvo que interpretar una imagen de un hombre negro y un hombre blanco, escribió una parrafada sobre la igualdad que incluía las palabras “mismos derechos y libertades” y “sin importar la raza o el color”. Al terminar fue cuando, dándose cuenta de lo que acababa de expresar por escrito, se sorprendió a sí misma. “Esto nunca lo hubiera podido escribir hace un año”, pensó, dándose cuenta de cuánto puede cambiar una persona. Ya dijo Unamuno que el racismo se cura viajando; podemos imaginar que la xenofobia la inventó alguien que nunca había viajado demasiado. Otra cuestión es quién decidió usarla como arma política y electoral: un arma masiva, que hiere hondo, pero cuya herida puede curarse, como vemos, en la experiencia del exilio.

Artículo e ilustración: Diana Moreno

3 comentarios :

  1. buen texto, un punto de vista diferente de la gente joven que se tiene que ir fuera

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  2. Es que son dos cosas muy distintas: los españoles están emigrando legalmente, mientras que a España nos ha venido mucha inmigración ilegal. Eso ya implica que rechazar a alguien que empieza por saltarse la ley a la torera está más que justificado.

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  3. Hola, Anónimo. Yo no creo que a una persona haya que impedirle por ley ir a vivir a donde le dé la real gana. Yo, por ser española, no debería de tener más derecho a inmigrar que un paquistaní, y si lo tengo es un derecho artificial y lucharía por que el paquistaní lo tuviera también. Por eso soy contraria al término "inmigración ilegal": porque culpabilizar a los inmigrantes no soluciona ningún problema. En segundo lugar, un racista discrimina no por razones legales, sino raciales. Es decir, discrimina a todos los de fuera sin hacer distinciones. Sólo esos dos motivos ya me convencen de que la xenofobia no puede justificarse en ningún caso.
    ¡Un saludo!

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