Paquistaníes en Inglaterra (parte II): Quedarse

Indago en las dificultades de las personas en situación irregular en Reino Unido para permanecer en el país: los visados temporales, los problemas legales y el auge de los matrimonios de conveniencia.
1 de febrero de 2014
Eso de coger un globo terráqueo, hacerlo girar y dejar a la suerte que elija lugar para instalarse es algo que todos podemos hacer… con más o menos dificultad, eso sí. Ser extranjero no es igual para todo el mundo: unos inmigrantes llevan más cadenas que otros. En esta tienda de alimentos donde trabajo, al sur de Inglaterra –el país por excelencia policultural, multicolorido y plurirracial-, en la que ni uno de sus curritos somos ingleses, adquiero rápido una desoladora e inevitable sensación: que existen los extranjeros de “primeras” y los de “segundas”.
Veo que algunos de mis jóvenes compañeros paquistaníes soportan una situación laboral más penosa de la que soportaría yo. Que algunos de los chavales que trabajan conmigo están recibiendo un salario que está por debajo de lo legal: cuatro libras a la hora –mientras que yo cobro el salario mínimo en Inglaterra: 6,31 libras-. Los dueños son paquistaníes, de los que llevan tantas generaciones aquí que ya se consideran ingleses… pero me obliga a preguntarme si no existe lazo compatriota que impida a un empresario aprovecharse del débil. En fin.
Tariq es uno de estos trabajadores, si no “ilegales”, de legalidad temporal, dudosa… inestable. Cobrar sólo cuatro libras a la hora le obliga a trabajar unas diez horas al día. El otro, en la misma situación, es Amir, un chaval pequeñito y de ojos sonrientes, al que nunca se le ha visto quejarse. Cuando le digo que diez horas al día son muchas, que apenas tiene vida, responde:
-¡Qué más me da, si estoy soltero!
Esa es la mentalidad: trabajar, como única actividad en la vida, hasta que se encuentre y 

Algunos de mis compañeros cobran cuatro libras por hora y llegan a trabajar trece horas al día
cree una familia, como único objetivo en la vida. Tariq tiene otras aspiraciones: quiere estudiar empresariales, quiere ser chef, quiere abrir un comercio… Sin embargo, se ríe alguna vez de los europeos. “Siempre quejándose. Que si diez horas son muchas, que si no tengo vida, que tengo que ir al médico porque me duele tal…”. Europeos, quejicas… Me río yo también.

Antes, para ellos, venir era fácil. Eran una colonia, y haber sido colonizado, aparte de un sentimiento imborrable de inferioridad, deja nexos. Pero cuando vinieron demasiados, ah, cambió la cosa: los ingleses decidieron dejar el sentimiento de inferioridad inalterable, pero el nexo, pulirlo.
Y fueron poniendo complicaciones. Hoy en día, los paquistaníes que quieren residir en Inglaterra deben solicitar la visa inglesa, odisea que viene bien detallada en la página web de la UKBA (Agencia para el control de las fronteras de Reino Unido). Si eres estudiante o visitante, sólo puedes solicitar varios tipos de visa. Necesitas una foto, demostrar que no eres tuberculoso, pagar la tasa. A partir del 2012 se empezaron, sin embargo, a endurecer los exámenes para los estudiantes paquistaníes que quieran venir a UK.
Está claro que la burocracia puede llegar a ser un laberinto. Ver a Tariq soportando esta explotación, este malcobrar, este tener que ir a Londres cada dos por tres a realizar exámenes que ponen a prueba su inglés, me hace imaginar cómo debe ser la vida en un país extranjero en ese estado de precario equilibrio legal en el que está él. Él vino con visa de estudiante, hace unos cuatro años. Ese documento permite residir unos años y trabajar solamente a tiempo parcial –un número de horas que tanto él como Amir triplican gracias a la magia del pago en negro-. 
En efecto, las redadas contra la inmigración ilegal, los matrimonios de conveniencia y las aplicaciones de la VISA se están haciendo más duras cuanto más comunes son estos problemas. Las autoridades hablan del fenómeno de los “estudiantes fraudulentos”: gran número de trabajadores que llegan como estudiantes pero con menos ánimo de estudiar que de trabajan, sin contrato, y que envían parte del dinero a Pakistán. Residen aquí hasta que sus visas expiran. Casi todos tienen que marcharse de nuevo a su país de origen, tarde o temprano. 

En la tienda, la policía se presenta varias veces. Una de ellas, sin que las cándidas europeas nos enteremos de nada, los dos paquistaníes desaparecen. Durante todo el día. Están escondidos en la tienda vecina hasta que la policía se largue. No pueden pillarlos con visado de estudiante y trabajando tantas horas, o a los jefes se les caerá el pelo. Yo, que no me entero de la situación, me quejo porque el volumen de trabajo para nosotras ha aumentado… ja. “Europeos, quejicas”. 

Otro día, en el mes de abril, unos veinte miembros de la UKBA irrumpen en la tienda y la cierran al público durante quince minutos. Tienen una fotografía de uno de los trabajadores: un paquistaní sospechoso de haber contraído un matrimonio falso. 


Según Silvia, que trabajaba allí ese día, pidieron la documentación "a todo el mundo", incluyendo a las trabajadoras europeas como ella. A ella le realizaron preguntas sobre el paradero y la vida privada de el trabajador paquistaní, sobre su supuesta novia, etc. La redada se repitió varias veces. 


Redadas como ésta buscando “ilegales” son algo tristemente común en muchos países, e Inglaterra no se salva. Es algo discriminatorio en tanto que el que registra se aprovecha de que a veces el carné de extranjero se lleva en la piel. Algunas redadas se producen de manera ilegal, sin que la policía ofrezca ninguna razón; pueden darse en casa o en el escenario laboral, y eso hace que muchas personas vayan “con miedo al trabajo”.
Cartel que explica cómo actuar ante una redada. <<Si eres detenido por los oficiales de la UKBA, no tengas miedo: conoce tus derechos. Eres libre para irte en cualquier momento. No tienes que contestar ninguna pregunta. No tienes que darles tu nombre y dirección. No tienes que mostrarles ningún documento o DNI. No tienes que dejarles registrarte.>> Fuente: Anti Raids Network
Muchos colectivos apoyan fervientemente el derecho a la movilidad, que choca frontalmente con las cortapisas legales que mantienen a estos ciudadanos inmigrantes en el limbo de la ilegalidad, complicando intensamente sus estancias hasta obligar a muchos a regresar a sus otros infiernos de origen. La Red Anti-Redadas (Anti-Raids Network), en cuyas asambleas veo que no hay un solo inmigrante sino que se trata de ciudadanos ingleses sensibles a los abusos policiales, se 

Las redadas policiales, que critican varios colectivos, hacen que muchos inmigrantes vayan con miedo al trabajo
dedica informar acerca de lo que un inmigrante debe de hacer si es detenido en la calle por los agente de la UKBA: que no hay obligación de dar papeles, de contestar preguntas… de sentir miedo, en definitiva. Su labor informativa me demuestra con creces que los colectivos más vulnerables tienen siempre un apoyo: el de aquéllos que no sólo no les juzgan por ella sino que son capaces de ponerse en su piel.

A la entrada de la tienda suele estar Mohammed, el paquistaní más alto y con aspecto de guardián carcelario, que lleva trabajando aquí casi una década.
Grande, con un ceño inmenso, conoce al dedillo precios y clientela y nos tira los trastos a todas las cajeras, incluso aunque nos saque veinte años. He oído historias acerca de que tiene dos mujeres: una en Paquistán y otra aquí, en Inglaterra. La de aquí es una pequeña lituanesa rubia, cana… visiblemente mayor que él (lo cual, ingenuamente, me sorprende). Un día que viene a todas luces malhumorado, charla a voces con otro de sus compañeros en urdu. Éste, al rato, me traduce entre risas lo que le pasa:
-Se queja porque viene al trabajo, ve mujeres bonitas, y cuando llega a casa… se encuentra a esa mujer mayor. Y eso le tiene harto.
Descubro así que la lituanesa, veinte años mayor que él, está con él por los papeles. Él le pagó a ella una suma que desconozco. Tienen que convivir juntos unos años para despistar a los investigadores de fraudes: de ahí su intensa frustración amatoria –y, también, la razón por la que nos eche la ficha a todas tan insistente y desoladamente-.
Esta simpática anécdota me acerca a otra realidad nueva: la de los matrimonios de conveniencia. Fenómeno muy común en los países con a fuerte inmigración, es una escapatoria extrema a la expulsión. Yo no sé nada del tema hasta que, indirectamente, otro de mis antiguos compañeros, que asegura necesitar poner en orden su visa, me ofrece a cambio de mi casabilidad y mi discreción nada menos que 8.000 libras esterlinas. Una suma que da que pensar.
Ahora veo, un poco más claro, el por qué de ese desaforado interés de los paquistaníes jóvenes por tener citas con el otro sexo (que yo achacaba, inocentemente, a una educación represora). Se cree que sólo en Londres se dan al menos 10.000 matrimonios de conveniencia al año. En Internet es fácil encontrar anuncios de musulmanes homosexuales que buscan alguien de otro sexo para un “matrimonio de apariencia”; los anuncios de bodas a cambio de dinero/visado, sin embargo, son algo más discretos:

<<Soy un chico de 25 años de la India, buscando matrimonio. Soy heterosexual y busco casarme a cambio de visado. No tengo intención de contacto físico>>.

<<Por causa de serios problemas financieros estoy dispuesto a involucrarme en un MOC [Matrimonio de conveniencia] con una mujer sana que necesite la nacionalidad o por cualquier otra razón. La edad y raza no importan>>.

Como veis, también se publicitan a la inversa: gente que se ofrece como “casadero” esperando ser recompensado con una cifra “a negociar”. Así hace la polaca que trabaja conmigo, que me confiesa que está buscando a alguien “con quien casarse, a cambio de dinero”. Normalmente es un pacto sin contacto físico, acabado en cuanto la ley lo permita en divorcio. Para la mujer (habitualmente la que recibe el pago) parece un negocio fácil, un “trabajo” que simplemente conlleva la incomodidad –y el peligro, en ocasiones- de la convivencia. No todos viven juntos: ya me han explicado que para demostrar legalmente que dos personas están conviviendo bajo el mismo techo basta con poner, por ejemplo, una conexión a Internet a ambos nombres, o algo así. Pero, aunque fingir un matrimonio parece muy fácil, no lo es tanto. Hay gente que advierte sobre la dureza de las investigaciones para detectar el fraude, lógicamente endurecidas cuanto más acuciante es el problema: la “Border Agency” revisa si la pareja convive junta, si hay hijos, si en las fotografías de la boda se muestra un amor convincente… También hay quien me ha dicho, no obstante, que si la mujer es europea pero no británica, las pesquisas son casi nulas.
A veces estas uniones falaces son facilitadas por redes organizadas. De ser descubierto casán-

Los matrimonios falsos son la forma más fácil y arriesgada de conseguir la nacionalidad y asegurarse la estancia en el país
dote “sin amor” le haces frente a varios años de cárcel. Pero hay otros peligros, aún: esa temporada de convivencia con un completo extraño no siempre es evaluable en dinero. Oigo una historia cercana: la de una chica lituanesa que convivió en matrimonio pactado con el paquistaní del off licence de al lado. En ese caso, la convivencia, el “falso noviazgo”, fue traumático. Tuvieron que dejarlo: al parecer la chica no pudo aguantar las agresiones a las que él la sometía.

Habiéndome ofrecido dinero a cambio de una unión marital, me doy cuenta por primera vez de lo que significa mi “europeidad”… Ese rasgo antes inservible mío, ahora lo siento, de pronto, especialmente valioso... de una forma extraña y artificial. ¿Valgo 8.000 libras, de pronto; soy más apetecible para la compraventa que un asiático? ¿Quién ha establecido este sistema de precios, y basado en qué criterios geopolíticos? En fin. La moralidad del asunto, o el último tema que a mí me atañe (porque creo que una ley injusta es una ley pisoteable), no le resbala a todo el mundo. Mucha gente se muestra en contra de estos matrimonios de conveniencia y lo expresan anónimamente en foros:

<<Si tu visa expira, ¿por qué sigues aquí? Se te ha dado una oportunidad para venir aquí y ser educado, y ahora pagas ese privilegio desobedeciendo las leyes>>.

<<¿Cómo va a poder un inmigrante ilegal hacer nada legal en Reino Unida, como el matrimonio? Pueden intentarlo, pero serán descubiertos, procesados y deportados. (…) El matrimonio con un ciudadano inglés no da derecho automático a vivir aquí>>.


Mientras que Inglaterra crea un entorno hostil para expulsar de vuelta a tantos inmigrantes como pueda, deportando a los detenidos y dificultando la vida a los demás, las organizaciones humanitarias protestan. Creen que con estas presiones los inmigrantes vivirán peor, aceptarán cualquier trabajo por menos dinero, recibirán peor atención sanitaria, soportarán los ataques racistas… pero no se irán.
Yo me pregunto, ¿vale la pena tanto sufrimiento? ¿Cómo es la vida que dejan allá? Ser inmigrante siempre es duro… pero la vida que dejan allá no es un caramelo.
En el descanso, Tariq y yo comemos en la “sala de los rezos” mientras él ve las noticias en urdu en su móvil. Me traduce: que en Karachi han matado a tres policías, que ha habido varios atentados… percibo el revuelo en lengua extraña. El idioma de los locutores no suena como ningún otro idioma. Es menos nasal que el chino, más labial que el turco, menos gutural que el árabe… un sonido ubicado en un área geográfica de la boca humana que yo, al menos, no tengo explorada. Siento curiosidad por su vida allá.  
Recibo unas pocas pinceladas, a modo de fotografías: la de la boda de su hermana –cuatro días, manjares asiáticos, vestidos deslumbrantes-. Su madre, que lleva uno de esos clásicos burkas azules… Su otra hermana es profesora y, como mujer, no puede salir de casa a impartir la clase… El padre no está “anymore”; Tariq es el único varón: tiene que enviar medio salario un continente más allá… y no quiere volver, eso lo tiene claro. En Paquistán, me dice, no tiene futuro. Allí estuvo trabajando en una fábrica por lo que apenas serían 40 libras al mes (y la compra del mes, dice, sale a mucho más que eso). 
Hay el caso de un chico en la tienda que está aquí con el asilo político. De su historia, compruebo inmutada, no expresan nada sus gestos calmos, sus ojos fríos. En ningún lado externo parece haber quedado grabado que ese chaval solícito que despacha en la frutería vivió una situación de peligro auténtico en su aún breve vida. En Inglaterra, según las leyes para solicitar refugio, el asylum-seeker llega a la frontera sabiendo inglés o no, con pasaporte o no, y debe demostrar que el hecho de no prestarle asilo contravendría la Convención de Ginebra y pondría su vida en peligro. Pero a veces pedir refugio no es tan fácil. En la página Stop Deportations leo un artículo sobre la historia de un hombre llamado Rashid (en este caso, no paquistaní sino afgano) que lo pidió, sin éxito, por toda Europa:

<<Rashid tenía un miedo extremo de ser enviado a Afganistán porque su familia allí estaba muerta. (…) Me habló con detalle de los bombardeos en Kabul y de que la gente era asesinada. (…) No hacía más que repetirme si había otro país en Europa donde pedir el asilo. En Kabul le aterrorizaba la idea de morir de hambre, de ser asesinado por los Talibán o las fueras armadas Occidentales. Luego, me contó que había planeado suicidarse en Afganistán. (…) Desde entonces, aún me pregunto qué le sucedió. (…) El gobierno inglés nunca lo sabrá tampoco porque no escucha lo que le ocurre a la gente a la que deporta a los supuestos países “seguros”. Las ONG´s y organizaciones benéficas hacen pocos estudios al respecto… así que, ¿cómo pueden decir los políticos ingleses que es seguro enviar a la gente de vuelta a Afganistán?>>

¡Qué diferente perspectiva! Yo quiero volver a mi país, y no puedo; ellos quieren quedarse y les están intentando echar cada día. Un día, mientras trabajo en las neveras, paso tanto frío que hago un comentario cerca de Tariq: “¡Odio este país!”. Tariq me oye, suelta una carcajada y responde: “Yo adoro este país”.
No vuelvo a hacer ese comentario más. Me siento culpable: porque yo, por europea, pueda quedarme, y él, por asiático, tenga que luchar por quedarse. No importa quién de los dos tiene más ganas de residir aquí; eso es irrelevante. Ambos hemos dado vueltas al globo terráqueo y hemos decidido nuestro vuelo… pero mi globo gira libremente y el suyo está atorado. Ésa es la diferencia: no todos volamos libremente en esta inmensa bandada.




Artículo e ilustración: Diana Moreno

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