Sangre, lanzas y activismo

    En septiembre del 2012, un grupo de ochenta personas intentó impedir el torneo del Toro de la Vega, en el que hombres de a pie alancean al animal hasta la muerte. ¿Con qué debe quedarse uno cuando la ética y la tradición se repelen?
Todos deberíamos tener un lado conservador. Tendríamos que poseer la capacidad de apreciar ese pequeño pedazo del ser humano que le aporta parte de su identidad: sus tradiciones.
Las tradiciones dicen quién es el hombre y quién quiere llegar a ser. Son pequeñas zambullidas en las generaciones de los tatarabuelos. A mí me gusta intentar imaginar el origen de todos esos juegos, que suele ser por contraste un origen serio: del miedo a los demonios surgiría, como por embrujo, la alegre fiesta de apalear al monigote cornudo. De la idea de la muerte, la celebración de los años. Del horror que produce el paso de la niña a la mujer, el color blanco… etcétera. Así los instintos sexuales mueven a generalizar el arrancado de cejas o el vendado de pies, y las civilizaciones guerreras llegaron a tener prácticas sangrientas, como la lucha de gladiadores. Pero ya no somos una civilización guerrera, así que la sangre, simplemente, sobra. Algunas viejas tradiciones hay que evaluarlas, leernos en ellas… y dejar de practicarlas para siempre, sin más.
Hay, sin embargo, trocitos del medievo que se escurren por el tiempo, se escapan de los filtros que seleccionan qué debe sobrevivir y qué no y llegan, pletóricos, a nuestros días. El torneo del Toro de la Vega, celebrado el segundo martes de septiembre en la ciudad de Tordesillas, tiene dos caras. Una, blanca e inmaculada, la describe la página web del patronato, que lo considera una “expresión de arte y cultura”, una parte del “patrimonio inmaterial” de la región y su “seña de identidad”. Otra cara, no obstante, es la que ven los defensores de los animales, para los cuales el torneo, de origen medieval y consistente en el ataque de un grupo de lanceros al toro hasta la muerte de éste después que haya sido soltado por las calles del pueblo, es un auténtico linchamiento: un anacronismo con el que los filtros de jubilar atrocidades han hecho la vista gorda hasta hoy.

El 11 de septiembre de 2012, un grupo de alrededor de ochenta activistas intentó evitar que se celebrara el torneo del Toro de la Vega mediante la popular arma de la protesta pacífica. Convocados por Facebook, un buen puñado de autobuses los fue recolectando desde diversos puntos de España hasta depositarlos en Tordesillas. Llegaron a la “nobilísima villa” con una intención: la de hacer frente a las 40.000 personas que se habían reunido, en el mismo día y lugar, de forma no tan clandestina, para disfrutar del polémico torneo. ¿El final de la historia?, es de dominio público. Los periódicos me lo desvelan: los protestantes fueron finalmente desalojados por la Policía y multados cada uno con 300 euros. El riesgo asumido por el grupo de activistas al realizar la acción llamó la atención de todos los medios.
Rose, que vino desde Madrid para participar en la protesta, me cuenta cómo fue. Recuerda que llegaron sobre las frías ocho de la mañana. Dejaron los coches fuera del pueblo: intentaron, como fuera, pasar desapercibidos. Pero indumentarias y actitudes de mundos tan diferentes no pueden practicar el camuflaje perfecto. Los secretas, finalmente, les pidieron la documentación, delante de todo el mundo. 
 “Nos metieron miedo”, recuerda Rose, acerca de los policías. “Nos dijeron que no sabíamos dónde nos metíamos, que la gente estaba loca, que había mucho borracho… Otro policía, sin embargo, nos animó a seguir”.
Después de sopesar algunas opciones, entre las que estaba el encadenamiento al puente del Duero, el grupo de activistas realizó una sentada en la calle Empedrado, por donde transcurre el recorrido del toro. Por las mismas calles donde, en su día, en no sé qué siglo ya remoto, al primer noble se le ocurriera la idea, en ocasión de una boda o una celebración pomposa, de despeñar o alancear a unos cuantos animales para divertimento de sus invitados. 
Si atendemos a la normativa del torneo, vemos que está muy lejos de un linchamiento: la acción está toda sujeta a unas reglas bien especificadas. Recientemente, además, han sido endurecidas para “proteger al animal”. Esto no es una matanza sin más; es una matanza dentro, eso sí, de ciertas líneas. El toro, que previamente ha sido mantenido en su tierra de procedencia para que “sufra menos estrés”, no puede ser alanceado sino dentro de los límites establecidos. A este lado de la línea, y no al opuesto. Hay que apuñalarle de tal forma, y no de esta otra. Se imponen sanciones ejemplares para quienes incumplan la normativa. Una actividad así de regulada y estricta queda muy lejos de las improvisadas matanzas de bisontes de nuestros cromañones. 
A diez minutos de que el animal fuera soltado, tuvo lugar el choque entre las dos masas: los orgullosos paisanos, hambrientos de su fiesta, y la pequeña masa estática cuya sola presencia ya era una repulsa a ésta. Comenzaron los enfrentamientos entre antitaurinos y vecinos del pueblo. “Ellos nos llamaban etarras, terroristas, lesbianas, antiespañoles… Nos decían que nosotros los matábamos antes de nacer”, cuenta Rose. Algunos, con la mano alzada. Los viejos símbolos que mezclan nuevas realidades.
Finalmente, el grupo de activistas fue desalojado a la fuerza por la S.I.R. de la Guardia Civil, que tendió un cordón de seguridad en una calle vecina, encerrándoles dentro para identificarles. Allí se vivió el momento más emotivo. “Iban retransmitiendo el torneo desde los altavoces”, recuerda Rose: paso a paso, los activistas tuvieron que escuchar el relato negrísimo, una crónica de un sacrificio –hasta el mismísimo momento en que se produjo la muerte del animal, tuvieron que escuchar-, a modo de una retransmisión radiofónica del fracaso propio y del humano.
Y fracaso, además, ajeno. El ansia alanceadora hizo que la matanza se produjera por mano de dos jinetes a la vez: una leve quebradura de las normas que hizo que el torneo –y la sangre, y las protestas- fuera declarado nulo. Los esfuerzos de unos y otros, borrados; la muerte, la celebración, inútiles. Un fracaso generalizado. Perdedores, todos, del primero al último.

De entre todos los que hicieron alguna maldad, aquella tarde, fueron sólo los activistas, curiosamente, los castigados. Ese día hubo un linchamiento y una protesta; según el artículo 28.1 a) de la Ley Orgánica 1/1992, el primero estaba “autorizado” pero la protesta, no. Crucial diferencia. Ver las imágenes del mejor lanceador de cada año sacado a hombros muestra una cosa: que en este país, qué peculiar, la tortura es perdonada en según qué ámbitos, respetada en otros y celebrada, incluso, en los más extremos. (Este país que sigue, a pesar de todo el estupor que esto despierta, invirtiendo más en estas festividades mientras recorta en médicos y escuelas.)
Pero protestar sale caro. Toda denuncia interpuesta por colectivos animalistas es frenada por los juzgados. Así, el Juzgado de Instrucción número 6 de Valladolid pidió a la asociación PACMA un total de 15.000 euros para seguir con una querella contra la celebración del Toro de la Vega, cantidad que la organización encuentra “desorbitada”. Un mero ejemplo. El Juzgado no actúa de forma justiciera, precisamente, sino táctica: disuadir a PACMA para que no siga adelante con la denuncia. ¿Era ciega, la justicia?

Las tradiciones dicen, en fin, quién es y quién quiere ser el hombre. Y su antiquísimo deseo de superar al animal fue en algún momento coherente y heroico. Lo fue, al menos, hasta que el hombre superó realmente al animal por mano de sabias trampas tecnológicas. El en origen, cuerpo a cuerpo, los ritos eran verdaderos. Llegó un momento en que se volvieron cínicos. Celebrar una corrida de toros hoy en día no es más que una arrogante muestra de superioridad, del todo innecesaria y apoyada en el lado sádico que todos poseemos. La sangre sobra, como digo.
Los activistas fueron multados, y pagaron, pero siguen. Otro grupo acudió a Tordesillas al año siguiente. Las asociaciones continúan intentando enviar un mensaje: cuando una tradición choca con la ética, hay que leer al hombre en ella y, seguidamente, dejar de practicarla, para siempre.
Porque todos deberíamos tener un lado conservador… y otro progresista, también. Uno para apreciar las tradiciones; otro, para juzgarlas. 


Artículo e ilustración: Diana Moreno

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