Los salones de juego o la venta de la ilusión

Personajes y situaciones reales recopiladas durante siete meses de trabajo en diferentes salones de juegos de Madrid


Si el firmamento tuviera sus estrellas ordenadas en columnas y parpadeando histéricamente, hábilmente diseñadas para la caza de la atención, aquí uno podría creer que está en el cielo. Pero esto no es el cielo, o, al menos, es otro nirvana distinto, recargado de estudiada luminaria y de dibujos de premios materiales y tías buenas. Las luces de la fortuna atraen la mirada hacia los tréboles danzarines. Cuando giran las herraduras, las ciruelas, los diamantes, uno puede llegar a creer que es la tierra la que gira en torno a una promesa inmensa. Las cifras del Jackpot, en lo alto, como un Salvador poderoso y loado, embelesan los ojos de los hambrientos.
Tiempos de crisis, y, sin embargo, la ruleta no deja nunca de girar. Es un salón de juegos cualquiera de Madrid capital, de los que abundan, de los que surgen como hongos y no quiebran. En la entrada hay una barra de bar, atendida por una pequeña colombiana que no sonríe; la zona de las tragaperras está junto a la ruleta; al fondo, la cabina de las apuestas deportivas –el último invento exportado del otro lado del Canal de la Mancha-. En el centro, en torno a las televisiones donde se radian carreras en hora inglesa, hay un par de taburetes y mesas desperdigados. A los lados de la televisión, donde solo los expertos ponen la mirada, pantallas con resultados y cuotas y horarios. En la pared de la izquierda hay cuatro tragaperras cuyas luces parpadean perpetuamente, y que, como damas sumisas, se mantienen en silencio esperando que algún galán, en un acto de supremo amor, las penetre con una moneda de un euro.

La zona de las tragaperras está junto a la ruleta y, al fondo, la cabina de las apuestas deportivas –el último invento-

Tiempos de crisis. Sin embargo, según la cajera, la gente sigue gastando lo mismo. “La gente siempre tiene dinero para venir a derrocharlo aquí”, dice. Aquí dentro, una vez cruzado ese mensaje que escuetamente rechaza a todo menor de edad, la crisis es otra: la del día a día, la del tedio, la de la ilusión rota. Esa es la verdadera crisis. Y la crisis, ya sabemos, despierta la picaresca. La cajera me cuenta la última: de cómo los jugadores de la ruleta llenan de papel higiénico los agujeros de las monedas para que éstas no caigan; protestan al encargado, reciben el dinero de mano de éste, retiran sin ser vistos el papel y consiguen las monedas atoradas. “Esos chinos, se las saben todas, se conocen hasta el mecanismo de las máquinas”, dice. Sí, suelen ser chinos que siempre andan sobre el hombro de los jugadores de las tragaperras. En alguna ocasión, incluso, se los ha visto con boli y libreta apuntando los resultados, durante tantas horas como tiene mi jornada laboral.
Lo de las apuestas sí suena a chino, pero cada vez se ve más. Los clientes son variopintos: desde los aficionados asiduos a la Zarzuela, meticulosos estudiadores de los folletos de cuotas y hándicap, hasta los pierdetiempo que se dejan uno y otro euro entre alegrones, disgustos y cervezas. Luisa, la cajera de la mañana, se conoce a todos los clientes, que suelen ser los mismos día a día (salvo que sea día de partido; entonces aquello se llena). Se conoce a Alfredo y sus eternos 5, 6 y gemela de 5 y 6, a diez y cuatro euros cada una. Conoce a Pepe, el viejo que llega de mañana y se marcha de noche, que se sienta allí a ver los galgos y mendigarle a cualquiera una conversación, que apuesta poco o nunca. También conoce a Rodolfo, un hombre robusto y poco dado a la risa que apuesta en cantidades, que varias veces ha golpeado el mostrador cuando el trío combinado que tenía en mente y que no dio tiempo a hacer en el último momento se salda con una victoria de sesenta euros o más. Y también al hombrecillo de bigote y gafas, con pinta de entrañable profesor de escuela, que tímidamente elige caballo y cantidad y deja el dinero en la mano con suavidad y recoge el ticket con ilusión y sin mezclarse con la algarabía mira perder o ganar a su elegido y en función de ello regresa o no para recoger su pequeño premio, con cierto apocamiento. A todos ellos los conoce Luisa. Les saluda, se une a los chistes, les pasa por alto el DNI. Cuando ganan, los felicita; cuando apuestan duro, les desea suerte. Recibe propina si el premio es alto y si la euforia dura lo suficiente.

La tragaperras. Otro mundo. Salvando la musiquita horrible y repetitiva, y las voces de “premio” que también se repiten, nadie hace caso al jugador ni repara en él salvo en el momento, eventual, en que una enorme masa de monedas ruidosas comienza a caer –en la bandeja de metal, hecha especialmente para provocar ruido y atraer miradas-. Suena como una diarrea metálica, que dura tanto rato que la gente se gira a mirar al ganador, admirada. Probablemente ha perdido mucho más, o lo mismo. Tampoco los chavales que se pasan la tarde apostando la cifra mínima saldrán de allí con una cantidad muy diferente en los bolsillos de la que tenían al entrar. Es algo similar, algo que leí en alguna novela, una afición triste y adictiva: un hombre que fabricaba pescaditos de oro, los vendía, fundía las monedas y fabricaba más pescaditos con ese oro. ¿Una forma de hacer que las horas se sucedan? Pues funciona: las horas se suceden, en efecto. Ya casi es mediodía.
La ruleta es otro cantar. Las películas se han quedado desfasadas. Hay fichas de cartón y fichas electrónicas, y eléctrica es la voz de máquina que anuncia, de cuando en cuando, el “no va más” (o “roba más”, que se les ha ocurrido a los chistosos). Los fumadores se agolpan sobre ella misteriosa, callada, desoladamente. Mucho asiático de cara desesperanzada; sólo falta Jack Nicholson y esto sería Chinatown. De vez en cuando, la diarrea metálica: la ducha de monedas entre las rodillas de algún ganador que apenas estira la comisura del labio como respuesta a su buena racha. Las paredes las llenan carteles con las palabras suerte, fortuna, dinero. Todo se acerca al paraíso. En algún otro lugar del salón la terrible carrera de los euros ha concluido: el Jackpot, que estaba ya a 400, le ha tocado a un jugador que acaba de llegar. El afortunado es un tipo normal, pero en estos momentos todo ser humano se cambiaría por él. ¡El paraíso, gratis! Suena la musiquilla que anuncia el acontecimiento. Los del salón la dejan sonar un rato, envidiosos, y luego la desactivan con una llavecilla; cuentan el dinero del premio, antes de que cambie de manos.

Probablemente han perdido mucho más, o lo mismo. Tampoco los chavales que se pasan la tarde apostando la cifra mínima saldrán de allí con una cantidad muy diferente en los bolsillos de la que tenían al entrar.

Han pasado algunas horas. Cuando hay gente, el tiempo pasa rápido para los currantes. La sudamericana de la barra se ha acercado a las televisiones donde dentro de tres minutos saldrán los perros de Hove (Hove… ¿dónde quedará eso?...); allí, en banquetas tan incómodas como moteles de paso, se han colocado un grupo de apostadores que quizá apenas se conozcan más que de vista, pero ya todos saben el número de cada uno: “ése ha apostado al 5, éste al 2 y yo, al seis”. Alguno tiene que ganar, carajo. El instante después de la campanilla es puro silencio. Salen los perros, anónimos olímpicos, y los apostadores gritan, se levantan, agitan los brazos; la mujer de la barra ríe con ellos, ojos fijos en la pantalla. Es una escena que, quiera uno o no quiera, arranca una sonrisa. Por fin gana el cinco y el afortunado, un rumano alto y flaco, salta gritando “cinco” en su idioma, que suena algo así como “chinch”. “¡Chinch, chinch, chinch!”. Ja, ja, ja...
Pero, como en todo paraíso engañoso -en el que se anuncian las pocas ganancias del cliente y no las muchas del empresario-, no todo es esa lotería. La vieja dedos-negros lleva allí desde la mañana. De espaldas en un rincón, sentada frente a la tragaperras. De vez en cuando sale de esa absoluta invisibilidad y se acerca a la caja a que le cambien un billete de cincuenta por un vaso lleno de grandes monedas relucientes. Luego la vieja dedos-negros se marcha a su rincón, a la misma máquina de siempre, sin decir ni mú. Alguna vez le ladra al encargado, alguna vez tiene una que otra trifulquilla con dos señoronas gordas y chismosas que suelen venir al salón y que hablan entre ellas. (Concretamente la discusión fue por el chismorreo. La vieja dedos-negros insistía en que hablaban mal de ella, y lo repetía a todo el que quisiera escucharla y al que no, a los cajeros, a los clientes, lo repetía como una monomaníaca: “yo sé que me miran mal y que hablan de mí, porque juego mucho, y qué le voy a hacer”.) A la vieja dedos-negros le gustaría dejarlo, pero no puede enfrentarse a la soledad de su casa. Su propia hermana se ha ofrecido a prestarle dinero para que vaya a gastarlo a las tragaperras, con tal de que le deje en paz. Lo cuenta, como si fuera un chiste. Por la tarde los dedos de la vieja dedos-negros están realmente negros, y por más que se frota con la toallita que le ofrecemos no los puede limpiar. Pide otro vaso con dinero y otro. No se irá hasta la noche, casi hasta el cierre, cuando los cajeros empecemos ya a contar las ganancias y necesitemos echar a la gente en pos de un poco de intimidad.

Siete de la tarde; va oscureciendo ya. El cajero de la tarde se llama Pedro y es rumano. Cuenta la caja continuamente; le pregunto que si le gusta contar el dinero. “Me gusta contar el dinero”, responde, con una sonrisa. Comenta las nuevas ganancias como si fueran propias, desvía los temas de conversación hacia los asuntos económicos. Sus compatriotas apuestan mucho; en Rumanía también es costumbre, como en Inglaterra, dice. “Yo era ludópata antes”, me dice, de repente. Obliga a uno a calcular su edad: parece demasiado joven para esa frase. Empezó a apostar a los quince años y no podía dejarlo; asegura, sin embargo, que ganó más de lo que perdió. Sabía apostar, dice. A la pregunta de si aún apuesta, suelta un no seco y cambia de tema.

“Yo era ludópata antes”, me dice, de repente. Obliga a uno a calcular su edad: parece demasiado joven para esa frase. Empezó a apostar a los quince años y no podía dejarlo

Actualmente, mientras que bingos y tragaperras han quedado para gente mayor, las apuestas buscan un nuevo público, masculino y mucho más joven. Pedro tiene que pedir, desconfiado, el DNI al grupo de chavales que se ha colocado, con algo más de entusiasmo que los solitarios jugadores de las tragamonedas, en torno a la máquina de apostar. Son chicos, algunos adultos muy recientes. Quizá de entre todos ellos sólo uno o dos sean mayores de edad. No deben tener trabajos fijos, pero dedican algunos cientos de euros a su fe ciega al Barcelona de aquella tarde. Algunos, retadores, se arriesgan: “ganará dos a cero, empatará en el primer tiempo, Fulano será el primer jugador en marcar”. Sus colegas, chicos y chicas, están sentados viendo el partido y charlando cerca de ellos; sin duda, algunos son menores, y ven a sus colegas apostar y realizar “actos de adultos” con cierta devoción. Seguro que los admiran. El botellón y cualquier otra forma de escandalizar ya ha quedado reservado a los niños. A los dieciocho, nada mejor que las apuestas para demostrar, estilo Paul Newman, su madurez al administrar sus fondos y bailar audazmente con la suerte.
Ocio para unos, grandes ganancias para otros... ¿Hay consecuencias negativas en todo esto? Sólo pequeños daños colaterales. Por supuesto, el que abre un puesto de juego no es responsable de la ludopatía, como el cocinero no lo es de la obesidad. Sin embargo, viendo estos escenarios, uno no deja de preguntarse hasta dónde puede llegarse. ¿Cuál es el drama de aquéllos que deciden auto-prohibirse la entrada? ¿Hasta dónde puede destruir una adicción? Ésta siempre ha existido, y la aparición de salones de apuestas sólo cambia ciertas características de los propios adictos. Primero, las asociaciones de jugadores dicen que la edad de sus pacientes se reduce cada vez más. Segundo, los ludópatas están cambiado las tragaperras por las apuestas, y, cada vez más, online (su versión ermitaña, que permite unos anonimato y soledad absolutos… y donde el control a los menores de edad puede ser violado fácilmente). Así, qué terrible pensarlo, tenemos la perdición cada vez más cerca; esa adicción facilísima, a una distancia de clic; esa línea que separa el jugador normal del patológico separada, a nuestros pies, por una leve línea…

La adicción siempre ha existido, y la aparición de salones de apuestas sólo cambia ciertas características de los propios adictos: cada vez son más jóvenes

De vuelta al salón, pienso que estos chavales, los que veo pasando la tarde y jugándose los euros sueltos, empiezan un camino encaminado a eso. De cinco, igual dos acaban siendo ludópatas… ¿Sería mucho más inmoral adentrarlos en las drogas? Son víctimas de una estrategia de renovación del público al que vaciar bolsillos por parte de empresas y corporaciones lúdicas que, vista fríamente, puede parecer casi inmoral: significa llanamente adiestrar por dinero a futuros adictos al juego. Pero una cosa también es cierta: la juventud siempre ha buscado la inmoralidad como a un Mesías.
Mientras, ha anochecido ya. Fin de la jornada. La vieja dedos-negros, sin que nadie repare en su presencia, ha salido del rincón y, sin saludo, se ha marchado a su casa. No ha perdido ni ganado dinero en toda la tarde, apenas unas monedillas (mientras los empresarios han hecho una fortuna en el mismo tiempo y de forma más ávida, más sistemática, más a inmensa escala; cabe preguntarse quién es el ludópata en este negocio). Pero mira, algo es algo: ha llenado el pantano vacío de la tarde con este viejo negocio de compraventa de emoción. Eso sí: esta noche le va a costar dejarse los dedos limpios, por más que frote.


Texto escrito en el año 2009, durante el surgimiento de los primeros salones de apuestas deportivas de Madrid.

Artículo e ilustración: Diana Moreno 

No hay comentarios :

Publicar un comentario